
“La relación entre el capitalista y el asalariado es la que hace de la relación monetaria, de la relación entre comprador y vendedor, una relación inmanente a la propia producción” (El Capital, Libro Segundo, tomo II)
Años de militancia marxista lo vuelven a uno demasiado seguro del terreno que pisa, tanto como para hacer afirmaciones arriesgadas sin requerir el elemental apoyo textual o teórico que las avalen, olvidando todo escrúpulo científico.
Años de militancia marxista lo vuelven a uno demasiado seguro del terreno que pisa, tanto como para hacer afirmaciones arriesgadas sin requerir el elemental apoyo textual o teórico que las avalen, olvidando todo escrúpulo científico.
Uno se cree capaz de exponer las tesis de El Capital en gaélico sobre la servilleta roída de un bar de mala muerte con los ojos tapados con una porción de fainá y usando mostaza (exquisitamente revolucionaria) de La Pasiva como tinta.
Cabalga por la vida altanero a cuestas de sus certezas inamovibles adquiridas en el ruedo de la lucha de clases. La superioridad de su método lo faculta para contemplar al enemigo desde una atalaya inexpugnable desde la que oportunamente lanzará el ataque decisivo. La derrota no está contemplada.
En los acontecimientos más triviales ve actuar la danza dialéctica del desarrollo histórico. Los contornos definidos de los hechos considerados eternos por la burguesía se diluyen en el devenir de los contrarios que se interpenetran (?????)
La crisis presente lleva grabado el futuro revolucionario con tanta seguridad como la princesa plancha lleva un contrabando de pasta base en forma de feto en su vientre.
Los titulares de los diarios registran los pasos que ese infante mal parido que es el capitalismo da a tientas hacia la madurez de la humanidad que es socialismo. A ciegas en estos pasquines del capital, iluminados por el potente foco de la teoría económica marxista en las publicaciones proletarias.
La distancia se puede medir en verstas y es cada vez más corta.
El proletario conciente se arropa en la seguridad de estas convicciones que lo protegen del frío de la opresión de clase. Nada puede salir mal. Todo un mundo por ganar y solo las cadenas que perder.
Hasta que le comunican su nefasto error. Todo era una farsa, todo era un simulacro.
El objetivo de la gran revolución obrera era la abolición del dinero.