
Fui a una fiambrería que, casualmente, era el laboratorio de un colegio. Frascos con animales en formol y altísimos armarios de madera con brillantes vitrinas. Pinzas y otros metálicos instrumentos.
Me acerqué al mostrador y sonriente le pedí al señor que atendía: "¿Me da 200 de jamón? Sí, sí, de ese." Cuando menos los esperaba, detrás mío un aparato fonador articulaba los siguientes sonidos: "¿Por qué no llevás del matambre que estoy comprando yo?"
¡No! '¡No! ¡Otra vez! Llega fin de año y aparece este individuo. Siempre vestido de negro. Siempre con esa mirada. El año pasado en el Teatro Solís; ahora en la fiambrería. ¿Qué pretende? ¡¿Qué?! ¿No lo espanté cuando en el último encuentro le dije "I like your eyebrows"? Esta vez lo que emergió de los labios con rouge fue: "¡Mirá que sos insistente! ¡Venir a meterte así acá!"
Después de una pausa y de mirar el matambre que sostenía en su mano, cortado en gruesas fetas multicolores, le pregunté: "¿Ya compraste el pan para hacer los sandwiches o me vas hacer comprarlo a mí?"

