No fue una excepción que esta mañana recordara lo que había soñado: un gaucho matrero me perseguía por el campo. Yo era muy veloz; él no. Sin embargo, cada vez que giraba, lo tenía encima. Y, de tanto correr, llegué a la ciudad.
Estando en el ambiente capitalino, este gaucho que era medio duro (se movía como un robot) ya no sólo me acechaba, sino que conmigo se hallaban tres víctimas más: dos hombres y una mujer. Todos jóvenes y saludables. Tenía la sensación de que éramos los únicos sobrevivientes en esa ciudad ya que algo terrible había sucedido (terremoto, tsunami, epidemia, lo que sea).
Quedamos atrapados en una casa con un pasillo largo, lleno de vegetación. Al final de éste quedamos los cuatro reunidos y en el extremo opuesto el Martín Fierro psicópata.
A uno de los hombres (el más lindo) se le ocurrió separarnos en parejas para desconcertar al enemigo y huir por el techo. Yo pensé: "Bueno, en una de esas se me da y esto no termina tan mal", entonces dije muy segura, intentando generar cierta complicidad: "Tiene razón. Tenemos que separarnos", pensando que la suerte estaba de mi lado.
Acababa de pronunciar esas fatídicas palabras cuando el hombre lindo ya estaba trepando el muro, listo para saltar con la otra zanguanga. En ese momento dudaba: ¿qué sería mejor? ¿Intentar huir con este otro (bastante feo) o morir descuartizada por obra del gaucho matrero? Lo miré un poco mejor, intentando buscarle algo, no sé, un gesto. Y se hizo la luz. Me desperté.


