
A Ava se le puede recriminar que no tenga una vida poética. Está bien, eso puede aceptarlo. Pero lo que a Ava nunca le faltará es espíritu aventurero. Él la impulsa, la motiva y la ha conducido a todo tipo de experiencias por demás interesantes (y sobre todo bizarras, muy bizarras).
Hoy les relataré cómo un poeta de nombre Ricardito terminó casi dentro de un probador en un local de vestimenta, asesorando a nuestra diva sobre colores y formas.
Ava caminaba acompañada por el poeta. Hablaban, nada más y nada menos, que del estilo. "Le style c'est l'homme même" y esos lugares comunes. En medio de tan profundo coloquio, el ojo de Ava tuvo la mala idea de desviarse hacia una vidriera. Y lo vio.
Corrió hacia dentro de la tienda. Ricardito, con una palabra que le pendía del labio, miraba con desesperación desde la calle. Ava estuvo dentro unos minutos y salió, completamente exaltada, sonriente, emocionada: "Te necesito. Te necesitamos"- dijo ella.
El pobre poeta, resignado ya, arrastró sus pies y se puso en lenta marcha hacia los probadores. Ava tenía una percha en la mano y hablaba rápido. Le indicó que se quedara en la puerta del cubículo y que esperara unos minutos. Mientras tanto, Ricardito era cruelmente examinado por las demás clientas que, con desconfianza, se aproximaban a los probadores. Ellas no sabían que él era inofensivo, que su corazón era de merengue, que era incapaz de mirar por entre las rendijas de los cubículos.
A los cinco minutos, Ava abría la puerta. Ricardito sentenció: "Es muy oscuro. Muy dark. ¿Vos sos medio retorcida, no?" Cerró la puerta. El poeta, perplejo, quedó solo esta vez con una pregunta que rebotó contra la puerta metálica y que le pegaba en la cara cual pelota de tenis, justo en el medio de la cara.
La segunda salida fue diferente. Ava salió sonriente. Ricardito dijo: "Ahora sí. Te hace juego con el ojo. Sos un cuadro".
Las clientas y vendedoras aplaudieron.