
Primero fueron los colores brillantes, los dibujos.
Ahora miro otras cosas: editorial, encuadernación (en lo posible, cosida y no pegada), traducción, tipo de letra (que no sea muy chica, porque cuando uno se queda de noche leyendo, empieza a confundir caracteres), autoridad responsable del prólogo, notas, etc.
Pretendí convertirme en bibliotecóloga. Quizás por comenzar a poner un poco de orden en mi biblioteca (simpre dicen que hay que empezar por casa). Quizás por esa necesidad mía de tener todo bajo control, ordenado, catalogado, clasificado, documentado ...
Cursé algunas materias, me encontré con gente que rayaba el más absoluo autismo (en las bibliotecas siempre uno puede toparse con algunos especímenes extraños, casi piezas de mueso), fui guía de la Feria del Libro Infantil y Juvenil (los niños me enloquecían, pero más lo hacían las maestras), me nombraron a Dewey y su sistema de clasificación, miré fotos de las más importantes bibliotecas del mundo (y quedé con la boca abierta, gesto que no puedo sacar de mi rostro hasta el día de hoy. Esto hace que me vea, por momentos, bastante tonta).
Ahora estoy intentando que los libros no invadan todos los espacios que quedan libres en mi hogar. Pero, lo peor de la situación es que, por abandonar la Escuela Universitaria de Bibliotecología y Ciencias Afines, ya no podré obtener la fórmula secreta para poder ordenar ese mar de papel que amenaza con inundarme.
¿Me ahogaré?